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¿Qué pasará con el planeta luego de la pandemia?

Un especialista advierte que si no hay un cambio profundo volverán los graves problemas ambientales y enfermedades.

—Cuando nos quedamos en casa por la pandemia, la naturaleza comenzó a darnos señales de un presunto saneamiento, ¿es así? ¿qué nos está diciendo la naturaleza?

—Lo que estamos viendo es la intensidad enorme del impacto humano, de nuestras actividades diarias. Armamos tanto disturbio a nivel de ruidos, circulación de autos, persecución de animales silvestres y otros tipos de contaminación, que cuando dejamos de hacerlo la fauna, que habitaba esos lugares, salió y apareció a la vista. En la época en la que viví en El Chaquito, algunos amaneceres, cuando me iba a trabajar, veía los flamencos en la laguna Setúbal. No los ven quienes van los fines de semana en motos y alteran el medioambiente, porque los flamencos les escapan, pero siempre estuvieron allí. Entonces, nuestro comportamiento genera tanto disturbio y disrupciones a nivel de ruido y contaminación, que la naturaleza cambia. Porque la naturaleza tiene una capacidad de respuesta superior a la humana. Fijémonos que algo tan imperceptible como un virus puso en vilo al sistema socioeconómico mundial. Fue una enfermedad contagiada desde un animal silvestre a un ser humano. 

Quien responde es Alejandro Giraudo, biólogo, investigador y docente del INALI CONICET-UNL. Lo hace desde su casa enclavada en medio de los Esteros del Iberá. Este “paraíso” en la tierra lleno de bañados, en el que toparse con un yacaré es casi moneda corriente. Allí pasa la cuarentena el biólogo. Y desde esa casa de junco y barro participó el miércoles pasado de la teleconferencia organizada por Parques Nacionales “Conservación en tiempos de Covid-19”, junto a dos colegas y una audiencia de más de 200 personas.

El especialista tiene la certeza de que con las medidas de aislamiento social preventivo y obligatorio por la pandemia de Covid-19 dispuesta en distintas ciudades de todo el mundo “algunos indicadores medioambientales van a mejorar, pero si una vez que se encuentre la vacuna, se controle esto y pase la pandemia, volvemos a lo mismo, el camino será el mismo y seguramente aparecerán otras enfermedades emergentes, habrá problemas con el aumento del nivel del mar, con sequías extremas como la que estamos viviendo hoy aquí, y podemos padecer inundaciones muy graves”.

“Este consumo en una economía global no beneficia a todos por igual —dice el biólogo—. Debemos generar menos extractivismos pero también una mejor distribución de la riqueza a toda la población mundial, porque generamos muchos recursos y riquezas que están concentradas en una parte de la población humana, lo que es moralmente inaceptable. Hay millones de personas que mueren de hambre y es inaceptable para una sociedad que se jacta de ser avanzada”.

—¿Cuánto tiempo más nos “perdonará” la naturaleza?

—Lo que estamos viendo, por suerte a tiempo, es que en realidad nuestras actividades humanas y nuestro crecimiento poblacional y sistema de producción está impactando tan fuerte en la naturaleza que estamos recibiendo algunos reveses importantes. Hace 30 años que los biólogos venimos advirtiendo que esto iba a suceder. Ahora lo podemos palpar. Entonces, el mensaje es que para la madre tierra somos prescindibles. La escasez de recursos, el cambio climático y enfermedades emergentes nos pueden ir afectando cada vez más y los problemas se pueden tornar difíciles de resolver. Sin embargo, la naturaleza seguirá existiendo. Cuando los humanos dejemos de tener actividades tan disruptivas y modificatorias, la naturaleza avanzará incluso sobre las sociedades humanas y se recuperará. Por supuesto que en ese proceso habrá efectos indeseables, extinciones. Hay cosas que se van a perder, pero la naturaleza se va a recuperar. Yo siempre le digo a mis colegas: lo que estamos haciendo los humanos contra la naturaleza, a la larga nos hará perder a nosotros más que a la naturaleza.

—Esta pandemia es una clara advertencia de la naturaleza…

—Claro, es un indicador de que la naturaleza no nos necesita, en cambio nosotros sí a ella. Porque la naturaleza es un macrosistema que debe incluir a las sociedades. Someter a especies a un espacio pequeño, al tráfico de fauna, por ejemplo, y que sufran estrés, genera enfermedades. Luego esas enfermedades emergentes pueden ser transmitidas a los humanos, como ha ocurrido varias veces (no sólo con el cov-sars-2), como ocurre con el dengue. Imaginemos además si un patógeno ataca masivamente a los pocos cultivos de los que se alimentan la mayoría de las poblaciones humanas (soja, trigo, arroz).

Cuando Giraudo menciona el impacto de someter a especies a un espacio pequeño habla de qué lugar le dan las sociedades a las áreas protegidas y reservas naturales, en las que reina la naturaleza. Justamente ese fue el eje de la discusión llevada a cabo on line el miércoles pasado junto a Claudio Bertonatti (Fundación Azara UMai) y Guillermo Martín (CRCE APN), quienes abordaron “El rol de las áreas protegidas en el marco del cambio climático”.

Alejandro Giraudo, biólogo.Foto: Archivo

Áreas Protegidas

Las denominadas Áreas Protegidas de Argentina engloban a los Parques Nacionales, Reservas y Sitios Ramsar. Se dividen entre nacionales y provinciales. En todo el país, son 49 parques y reservas nacionales y más de 251 áreas protegidas provinciales, casi 300 en total. Santa Fe cuenta con el Parque Nacional Islas de Santa Fe, y otras siete áreas protegidas de jurisdicción provincial, de las cuales dos son Sitios Ramsar (Jaukanigás y Laguna de Melincué). Las cinco restantes son las reservas “La Loca”, “Virá Pitá”, “Del Medio-Los Caballos”, “Lote 7 B” y el Parque Provincial Cayastá, y existen algunas de jurisdicción privada. “La situación difiere entre provincias —advierte Giraudo—, por ejemplo Misiones tiene 19% de su territorio protegido y 100 guardaparques que lo custodian; Corrientes, 15% protegido y más de 40 guardaparques; mientras que Santa Fe tiene un 4,5% protegido, y no tiene guardaparques en su jurisdicción, a pesar de que su PBI es el doble que el de las otras provincias. 

Según la Unión Internacional de Conservación de la Naturaleza, son “espacios geográficos claramente definidos, reconocidos, dedicados y gestionados, mediante herramientas legales o de otro tipo, pero eficaces, para obtener la conservación a largo plazo de la naturaleza, de todos sus bienes y servicios ecosistémicos y sus valores culturales asociados”, describe, de memoria, con su perfil docente Giraudo, desde los Esteros del Iberá, un área protegida que engloba a todas las categorías antes mencionadas, con 1 millón 300 mil hectáreas naturales.

A su vez, estas Áreas Protegidas se dividen en dos categorías: una es estricta, en la que se pueden realizar muy pocas actividades humanas, como el monitoreo y control, y un turismo muy controlado. Y las otras son de usos múltiples o con uso de recursos, en las que está permitido realizar actividades, siempre y cuando no destruyan la naturaleza. Ejemplo de ello son los Sitios Ramsar, donde está permitida la pesca, ganadería y la vida de los pueblos originarios, isleños y campesinos.

“En relación a las áreas protegidas, tenemos dos problemas —dice Giraudo—: en la actualidad no hay suficiente representatividad de toda la biodiversidad, las áreas protegidas argentinas son muy pocas. Entonces tendremos problemas cuando las especies deban responder al cambio climático. Algunas se adaptarán y otras no”. En ese sentido, el biólogo advirtió que “la tasa de extinción es mucho más alta que la que existió en las seis extinciones anteriores en la historia de la humanidad. Hoy la causa somos nosotros. El coronavirus es un revés que nos dice algo, y si llegamos a desaparecer como especie van a sobrevivir muchas otras, porque la crisis ambiental la estamos provocando los humanos, mientras que las otras especies pueden adaptarse al cambio”.

En tal sentido, Giraudo propone “redes de reserva a 50 o 100 años, tanto estatales como privadas”. Además “necesitamos áreas representativas de toda la biodiversidad” porque hoy “las áreas protegidas son insuficientes y se ven afectadas por la destrucción de hábitat de los alrededores”.

—Entonces, con mantener las áreas protegidas no alcanza.

—Debemos promocionar usos rústicos como la agroecología, ganadería en pastizales naturales, o métodos productivos que mantengan la biodiversidad. Lo que está en tela de juicio son nuestro sistemas productivos. Transportar alimentos a distancia en un camión, un barco o un avión, puede significar que se traspase el virus de un humano a otro, el contagio de una enfermedad que genera problemas sanitarios graves. Si hubiera diversificación productiva no ocurriría. Y ello es una política productiva.

—Volviendo a la pregunta inicial, ¿existen indicadores que aseveren que se atemperó el cambio climático durante el aislamiento?

—Sí, hubo algunas señales de mejoramiento temporalmente cortas. Por ejemplo, hubo menos emisión de dióxido de carbono, cuyos principales emisores son China y EEUU. Pero fueron tres meses y ahora China está emitiendo de nuevo. Para la naturaleza, 6 meses no es mucho tiempo. También hubo mejoras en algunos indicadores fisico-químicos que nos muestran el nivel de contaminación (ver más abajo Greenpeace). Y, posiblemente, algunas especies que tienen ciclos más cortos, pudieron recuperarse.

Paradójicamente, las actividades agropecuarias no pararon. “De hecho, hubo denuncias del avance de la deforestación en Salta y Chaco. Entonces, la naturaleza tiene aptitud para recuperarse y durante este lapso se dio. Ahora bien, ¿van a seguir apareciendo delfines en los canales de Venecia? Seguramente, no, porque si vuelve la actividad como era antes nada va a cambiar”, reflexionó Giraudo. Por eso, “algo importante por lo cual considero que estamos en un momento bisagra es la respuesta a la pregunta respecto de a qué actividades debemos volver como eran antes y cuáles debemos descartar, porque generan un mundo insostenible, una naturaleza afectada y un sistema socioeconómico dañado con falta de equidad”.

—¿Estamos replanteándonos todo esto para salvar el planeta?

—No es algo que yo pueda evaluar ahora. Cuando termine la pandemia deberá discutirse política y socialmente. La ciencia será sólo una pata de la mesa de discusión, la sociedad debe ser otra y la política es la tercera, pero deberá tener objetivos de bien común y escuchar a otros sectores. Lo que tenemos que discutir es si queremos cambiar las sociedades o no, para tener un mundo más sostenible, aprendiendo de esta experiencia; o si volveremos a lo mismo, con nuevas enfermedades emergentes, otros problemas ambientales que seguirán amenazando a la biodiversidad y a las sociedades humanas. Por ejemplo, la bajante del río no tiene que ver con la pandemia, sin embargo provocó un montón de problemas. Lo que debemos entender es que los problemas no serán únicos sino diversos. Es importante entender que lo que decidamos tendrá impacto en nuestras vidas, las sociedades, en el consumo, la economía, los Estados y la ciencia, que deberá comprender y atacar rápidamente los problemas. Estamos en un punto bisagra en el que muchas conducciones políticas escucharon a la ciencia para atacar el problema, mientras que otras, como Bolsonaro o Trump no lo hicieron. Los que sí lo hicieron se apoyaron en la sociedad. Allí están las tres patas para solucionar este problema. 

Greenpeace denuncia que avanza el desmonte

Entre el 15 de marzo y el 31 de mayo últimos se deforestaron 14.906 hectáreas, según la denuncia de Greenpeace. Fueron 7.759 hectáreas en Santiago del Estero; 3.073 en Formosa; 2.435 en Salta y 1.639 en Chaco, según el cálculo de la organización ambiental. Estos desmontes podrían estar bajo las autorizaciones previstas por la ley, pero la organización denuncia que no debería hacerse ningún desmonte durante el período excepcional, señaló Hernán Giardini, coordinador de campaña de bosques de Greenpeace a Chequeado —organización que verificó las cifras—. Argumentó que no es una actividad habilitada expresamente por el decreto de aislamiento obligatorio.

Fuente: El Litoral

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