El clima Salud

El frío y la relación con la rápida expansión de la Covid-19

Tras un año de pandemia, el SARS-CoV-2 ha alcanzado prácticamente todos los rincones del planeta, sin embargo el clima podría haber influido notablemente en la velocidad en la que se ha expandido por ciertas zonas y la gravedad de la enfermedad que produce: la COVID-19.

El coronavirus se expande con mayor facilidad con bajas temperaturas, una de las circunstancias que explica la virulencia que la pandemia está alcanzando en estos momentos en el Hemisferio Norte, particularmente en Europa, así como la tregua que dio durante los meses de verano en esta parte del planeta.

Esta hipótesis ha sido la base de un estudio elaborado por científicos de la Universidad de Illinois, en Estados Unidos, que han concluido que la temperatura y la latitud se correlacionan con el número de casos de la COVID-19 y la tasa de mortalidad y cuya investigación ha sido publicada en la revista científica Evolutionary Bioinformatics.

“Una de las conclusiones que extraemos es que la enfermedad podría ser estacional, como la gripe, declara Gustavo Caetano-Anolles, uno de los autores del artículo, en una nota de prensa emitida por la Universidad de Illinois. “Esto es muy relevante para lo que debemos esperar desde ahora, después de que la vacuna controle estas primeras olas de la COVID-19”.

Los investigadores han recogido datos de 221 países sobre la incidencia de la enfermedad, la mortalidad, los pacientes recuperados, casos activos y hospitalizaciones hasta el pasado 15 de abril, fecha que representa el momento del año en el que la variación de la temperatura estacional está en su máximo en todo el planeta.

A menor temperatura, mayor virulencia de COVID-19

Mediante métodos estadísticos buscaron una correlación entre temperatura, latitud y longitud y estos datos recopilados sobre la enfermedad. El resultado fue la confirmación de que a mayor latitud y menor temperatura la enfermedad se expandía con más rapidez y con mayor virulencia.

Otros dos estudios previos llegaron a una conclusión similar. El primero de ellos, publicado en julio, mostró que el tiempo ecuatorial de Indonesia sostuvo en niveles relativamente bajos la incidencia en el país asiático durante la primera ola y pudo ser un factor importante en la reducción posterior de los casos.

Otro estudio publicado el pasado mes de mayo concluyó que las temperaturas altas redujeron la tasa de infección tanto en las regiones administrativas de Francia en Sudamérica como en otros 21 países repartidas por las zonas cálidas del continente.

Todas estas investigaciones apuntan en la misma dirección: la COVID-19 se volverá estacional. Esto supone que, tal y como ocurre con la gripe, los casos se concentrarán fundamentalmente en invierno y casi desaparecerán en verano. No obstante, esto es aún una hipótesis y no se dará hasta que la pandemia esté controlada y la COVID-19 se vuelva, tal y como todo parece indicar, una enfermedad endémica, pero de escasa gravedad.

Otros factores

Entre tanto, otros factores como la efectividad de los sistemas sanitarios, el cumplimiento de las medidas preventivas por parte de la población o la existencia de factores de riesgo como las patologías previas o una población envejecida seguirán siendo factores igual o más influyentes que los climáticos. Por el momento, las vacunas siguen siendo la única esperanza.

“Sabemos que la gripe es estacional y que tenemos una tregua durante el verano. Eso nos da la oportunidad de producir la vacuna para la siguiente temporada”, declara Caetano-Anolles. “Cuando estamos aún en medio de lo peor de la pandemia, esa tregua es inexistente. Quizás, aprendiendo cómo estimular nuestro sistema inmune -mediante las vacunas- podamos ayudar a combatir la enfermedad mientras tratamos de alcanzar a este coronavirus que no para de cambiar”.

Fuente: PABLO RODERO / 20minutos, Ambientum

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